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Expertos analizan el futuro de las ciudades en la era de la globalización en el libro: «Endless City» ( La ciudad sin fin).

the-endless-city2.jpgLas migraciones del campo a la ciudad, una constante a lo largo de la historia, han registrado últimamente un crecimiento exponencial que presenta nuevos retos para políticos, urbanistas, arquitectos, ingenieros y otros profesionales.
Si a comienzos del siglo pasado, sólo un 10 por ciento de los habitantes del planeta vivían en ciudades, en el 2007 eran ya un 50 por ciento, para el 2030 se calcula que serán un 60 por ciento y para mediados de siglo se habrá llegado a un 75 por ciento.

El análisis de ese fenómeno en la era de la globalización y sus consecuencias para la futura planificación urbana está en el centro de un libro, profusamente ilustrado, que acaba de lanzar la editorial británica Phaidon bajo el título de ‘Endless City’ (La Ciudad Infinita).Ver crítica en The guardian.

El libro está al cuidado de Ricky Burdett, profesor de arquitectura y urbanismo de la London School of Economics, y Deyan Sudjic, director del Museo del Diseño de Londres y conocido crítico de arquitectura.

La obra es la culminación de varios años de trabajos, reuniones, conferencias y debates celebrados en distintas partes del mundo por cerca de una cuarenta arquitectos, diseñadores, planificadores y otros profesionales agrupados en un proyecto bautizado ‘Urban Age’.

A partir del estudio de seis ciudades – Nueva York, Shangai, Londres, México DF, Johannesburgo y Berlín-, los autores analizan las nuevas condiciones urbanas y la relación, por ejemplo, entre la forma física y el bienestar social o el efecto en que la distribución de la densidad urbana tiene en la inclusión social.

La reflexión que guía a los autores es que el futuro bienestar de las ciudades dependerá de que sus responsables lleguen a entender la estrecha relación existente entre la forma física que adopta una ciudad y los procesos económicos, sociales o políticos que le dan origen.

El diseño del entorno construido, la distribución de la densidad urbana y su impacto en la inclusión social y la calidad de vida de los habitantes forman parte, señalan, del debate en torno a la política urbana tanto en los países desarrollados como en los emergentes o en vías de desarrollo.

De las seis ciudades estudiadas, México, una metrópoli en continua expansión, es la que resume mejor las tensiones entre el orden espacial y social: un 60 por ciento de sus cerca de 20 millones de habitantes habitan viviendas informales o ilegales.

Todo ello oculta una realidad de diferencias sociales crecientes exacerbada por el dominio absoluto del coche en una ciudad en la que el petróleo, como se recuerda en el libro, es más barato que el agua minera.

La inversión en autopistas en lugar de en los transportes públicos, frente a lo que han hecho la brasileña Curitiba o Bogotá, ha expulsado a los pobres a los confines de esa gigantesca metrópoli en continua expansión.

Mientras tanto, los ricos se refugian en comunidades bien protegidas, con sus piscinas y campos de golf, o en lujosos edificios de apartamentos verticales, que vuelven la espalda a las barriadas pobres y compactas, de la que muchas veces los separa sólo una vía de tráfico.

Si la inmigración es la savia vital de las ‘ciudades globales’, la distribución espacial de los recién llegados, a los que se confina en barrios desprovistos muchas veces de los servicios mínimos, conduce a la segregación y sólo puede generar rencor y, a la larga, violencia.

Los autores del libro coinciden en que el desarrollo compacto constituye la única solución sostenible al crecimiento global urbano porque cuanto más compacta sea la ciudad, menos energía derrochará en transporte y menos contaminará, habida cuenta de que un 75 por ciento de las emisiones actuales de C02 se originan en las ciudades.

La modernización de los viejos sistemas de transporte de Nueva York y Londres, las inversiones de Shangai en su extensa red de metro y la experiencia de Bogotá con su red de autobuses y bicicletas demuestran que los ayuntamientos de esas ciudades exitosas han decidido dar prioridad al transporte público no como fin en sí sino como forma de justicia social y desarrollo sostenible.

Terra Actualidad – EFE

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