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La nueva utopía es vivir lejos y mejor.El teletrabajo y la comunicación están redibujando el mapa demográfico y urbano de España

Unos lo llaman urbanización descentralizada y otros la utopía vital del siglo XXI y está transformando la demografía y el paisaje urbano tras los pasos de las tendencias de EE UU: clases medias de las grandes ciudades se van a las medianas y los habitantes de los pueblos también.

La búsqueda de calidad de vida, las mejores comunicaciones, los avances tecnológicos y la seguridad de un entorno más controlable están redibujando España. Y lo hacen a dos velocidades.

Un día, el madrileño Alberto García le contó un cuento a su hija Inés. «Nos vamos a vivir a otra ciudad», le dijo. «Pero volveremos a Madrid todas las veces que queramos para ver a los abuelos, porque estaremos muy cerca. Yo vendré todos los días para trabajar y mamá te acompañará a una guardería con árboles». Entre estas palabras y la nueva rutina de Alberto ha pasado un año.

Ahora, él sube al coche cada mañana para recorrer los más de 55 kilómetros que separan una urbanización de Guadalajara, donde vive, y Barajas, su lugar de trabajo. Aunque reconoce pasar más tiempo al volante y sufrir a menudo los atascos, está seguro de haber ganado en calidad de vida. Probablemente estén de acuerdo los miles de personas que cada año abandonan las aglomeraciones urbanas para vivir en ciudades medianas o pequeñas, impulsando así un nuevo estilo de vida y experimentando nuevas formas de trabajar gracias a las nuevas tecnologías.

Se trata de una tendencia que, según el Instituto Nacional de Estadística (INE), está destinada a marcar los próximos flujos migratorios y el futuro del desarrollo urbanístico. Y es que, a partir de 2001, las ciudades y los alrededores de Guadalajara, Toledo, Valladolid, Segovia, Tarragona, Girona, y algunas zonas de Galicia, de la Comunidad Valenciana y del País Vasco han visto aumentar su población hasta un 30%.

¿Fascinación por los entornos rurales? Antes de nada, mejores condiciones de vida. En primer lugar, relacionadas con el precio de la vivienda. Porque, si hasta hace unos años podía condicionar la elección de un barrio u otro, ahora es uno de los factores determinantes de esa huida hacia ciudades pequeñas, más asequibles. Es el caso de José Rodríguez, de 31 años, que acaba de comprar un piso de 90 metros en Guadalajara por poco más de 258.000 euros. En Madrid, con el precio medio del suelo por encima de los 5.000 euros por metro cuadrado, se habría podido permitir poco más que un estudio. En concreto, las provincias de Guadalajara y Toledo son dos de las zonas que más han crecido en 2007, sobre todo a rebufo de Madrid: 4,95% y 3,9%, respectivamente. ¿Y el trabajo? En la gran mayoría de los casos, no cambia. Rodríguez, por ejemplo, seguirá trabajando en la capital. «Ahora nos podemos desplazar de forma mucho más rápida: el único inconveniente del coche y el autobús son los atascos. Pero con el AVE, pese a ser más caro, llegamos enseguida al centro», comentan los que han elegido cambiar de residencia. Es verdad. Desde ambas ciudades se puede llegar a la estación de Atocha en una media hora. Mucho menos de lo que tardaría en transporte público un madrileño residente, por ejemplo, en Tetuán o San Blas.

«Los modelos de convivencia han estado siempre asociados a procesos para la realización de uno mismo, favorecer la afloración del verdadero ser humano, la regeneración colectiva, o la reapropiación de la vida cotidiana por sus habitantes. Y nunca como ahora se ha dispuesto de tantos recursos, tecnologías e instrumentos para desarrollar y dinamizar estas utopías locales», destaca Jesús Oliva, sociólogo y docente de la Universidad Pública de Navarra. Estamos hablando de la calidad de vida. La consultora británica Mercer, que cada año publica una clasificación mundial de los mejores sitios para vivir, define ese concepto en función de factores como la seguridad, los servicios sociales, la densidad de población, la difusión de los transportes públicos, la frecuencia de los atascos o la contaminación. Las mejores ciudades del mundo, según los últimos rankings, serían las suizas Zúrich y Ginebra, mientras que Barcelona y Madrid se situaban en 2007 en las posiciones 41 y 42, detrás Bruselas, Berlín, París o Londres.

Y es que, aunque algunos expertos consideren esa tendencia consecuencia natural de la expansión de las metrópolis españolas, la ilusión de vivir mejor parece cada vez más importante. «Al principio me fui a Guadalajara por razones estrictamente profesionales», confiesa Jorge Sánchez, periodista de 28 años, del madrileño barrio de Carabanchel. «Pero luego, al sentirme tan cómodo, decidí asentarme. Aquí todo está más cercano, parece más fácil, y el ambiente es muy familiar. Además, Madrid está al lado. Algunos dicen, en broma, que la capital es el barrio de ocio de Guadalajara», añade Sánchez, quien acaba de comprarse una vivienda en Horche, un pueblo de unos 2.000 habitantes situado a unos 12 kilómetros de la ciudad.

¿Otros factores que suelen condicionar la calidad de vida? La comodidad para hacer la compra, una mayor percepción de seguridad para los hijos, el poder hacer la mayoría de trámites de forma más rápida y teniendo, además, acceso en poco tiempo a los servicios de las grandes ciudades. Se trata de un modelo inspirado en la filosofía del Slow city (literalmente, ciudad lenta) que, en palabras de Massimo Borri, uno de los coordinadores de esta plataforma internacional, «incluye a las ciudades que cumplen con excelentes requisitos en política ambiental, gastronomía, infraestructuras y nuevas tecnologías».

El factor tecnológico es precisamente otra de las razones que puede animar a la población a encontrar un lugar más tranquilo más lejos de las aglomeraciones urbanas. «La posibilidad de utilizar una conexión de alta velocidad, el móvil o el correo electrónico nos permite también organizar nuestro trabajo de forma diferente o llevárnoslo a casa», apunta Oliva. De la difusión de estas herramientas depende también el éxito de algunas empresas que, como método de atracción de profesionales motivados, ofrecen horarios casi a la carta. Es el caso de algunas agencias de atención telefónica, que suelen ofrecer un cupo de puestos para quienes deseen trabajar desde casa. Además, según los expertos, la creación de teletrabajo es un 50% más barata que un puesto presencial. «Si trabajas con gente muy cualificada que quiere irse a vivir a una ciudad más pequeña, un caso cada vez más común, ¿por qué tenemos que prescindir de ellos?», se pregunta María del Pino Velázquez, directora general de Unísono, empresa de atención telefónica, con unos 3.000 empleados.

El teletrabajo, sin embargo, es aún poco practicado en España. En 2004, según una encuesta del portal Monster.es, 121.800 personas utilizaban esa fórmula: el 0,6% de los asalariados, frente al 5% de media de la Unión Europea. De todas formas, se trata de una tendencia al alza, como este fenómeno que algunos expertos definen como «urbanización descentralizada», y que parece tener dos dimensiones. Una huida de las áreas metropolitanas más extendidas del país (Madrid, Barcelona, Valencia, Bilbao, Málaga, Sevilla) hacia los centros más pequeños y económicamente más accesibles y otra fuga, esta vez a rebufo de las mismas ciudades de provincias, hacia los pueblos de sus alrededores. También en este último caso, el precio de la vivienda es un factor decisivo.

Un ejemplo: con las nuevas líneas de alta velocidad se ha disparado también el precio medio del suelo al que estaban acostumbrados la mayoría de los habitantes de ciudades como Valladolid, Segovia, Málaga o Zaragoza, que, en muchos casos, prefieren mudarse a los pueblos de las afueras. En concreto, el caso de Valladolid es especialmente significativo. Allí, las últimas revisiones del patrón apuntan a un incremento de la población de los municipios de los alrededores de la ciudad y confirman una pérdida significativa no sólo de la capital, sino también de algunas áreas rurales de la provincia. En general, 137 municipios de Valladolid pierden habitantes; sin embargo, el total de la provincia gana casi 5.000. No es un acertijo, ni un capricho de la estadística. Y en opinión de los expertos, no se trata tampoco de una consecuencia de la inmigración. Sencillamente, muchos residentes en la ciudad han empezado a buscar una vivienda más barata en algunas zonas de los alrededores, y al mismo tiempo, los que viven en los pueblos más pequeños han empezado a mudarse a esas mismas zonas en busca de nuevas oportunidades de trabajo.

De todas formas, Jesús Oliva, quien ha estudiado este proceso en Pamplona y sus alrededores, destaca también su lado más oscuro: «Esta tendencia puede fomentar la difusión de perfiles de ciudadanos de dos velocidades, un ciudadano lento y otro rápido». ¿Qué significa? «Estos hábitos, si bien son relativamente recientes en la mayoría de los países europeos, cuentan con ya con cierta historia en la llamada service class

[profesionales liberales] estadounidense y británica. Y es que, si para un médico o un abogado, el mudarse a una ciudad más pequeña y desplazarse todos los días a su lugar de trabajo puede ser un alivio, para una señora ecuatoriana con pocos recursos puede ocurrir todo lo contrario. Porque para una persona que, por ejemplo, no puede permitirse pagar un abono de autobús, esta supuesta calidad de vida se convierte así en un problema cotidiano más».

Los estudios destacan también otras facetas de esta tendencia: la vuelta de los jubilados a las ciudades de provincias y a los pueblos en los que nacieron; la llegada de los inmigrantes que, tras residir algunos años en los centros de Madrid, Barcelona o Valencia, optan por buscar un entorno más tranquilo, con menos competencia y más oportunidades de encontrar trabajo; o las oleadas de norteeuropeos que deciden instalarse en algunas localidades costeras.

De todas formas, los que deciden abandonar su lugar de origen suelen ser en su mayoría trabajadores de clase media de alrededor de 30 años con estudios universitarios y que, en muchos casos, acaban de formar una familia. Entonces, ¿nos encontramos ante una de las utopías del siglo XXI? Y, ¿la vuelta al campo está demasiado idealizada? En realidad, también el marketing y las campañas publicitarias tienen mucho que ver con la fortuna de este modelo. «Sólo hace falta coger el coche y conducir por una carretera para verlo en las vallas publicitarias. La llamada huida hacia el campo desempeña un papel muy importante en el mercado inmobiliario», añade Oliva. «Si tú piensas de verdad que abandonando la ciudad tendrás mejores condiciones de vida y estarás más tranquilo, de alguna manera acabarás creyéndotelo y te irás».

Los efectos de las campañas de marketing se pueden reflejar, por otro lado, en el florecer de una nueva simbología comercial. Productos significativos en ese ámbito son los vehículos 4 – 4. «Es el símbolo por excelencia de ese proceso», que, según algunos estudios, ha conseguido cuajar en Europa también gracias al éxito de algunas series de televisión estadounidenses que transmiten un estilo de vida despreocupado y sereno. Precisamente Estados Unidos está redescubriendo ahora la vida en los entornos rurales, aunque, en este caso, son sobre todo los trabajadores con alto poder adquisitivo los que deciden comprar una casa en el campo. Sin embargo, lo hacen por la misma razón: impulsados por el deseo de vivir más lejos y mejor.FRANCESCO MANETTO .El Pais.es

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